¡Qué bonito es El Quelite!

Con varias –¡bastantes!– tequilas entre pecho y espalda; vistiendo blusa blanca adornada con flores rojas, falda de amplio vuelo y un vistoso reboso que cubría sus hombros, la inolvidable Lucha Reyes cantó en Culiacán encaramada en la mesa de un restaurante y ante un público en el que figuraban el gobernador del Estado, coronel Rodolfo T. Loaiza; algunos trasnochadores que reparaban los estragos del día con un “menudo” enrojecido de chilepiquín y varios “arañeros” que acomodaban sus vehículos –sus entonces codiciados vehículos- a lo largo de la avenida Rubí, frente al costado poniente del mercado “Gustavo Garmendia”.

Lucha Reyes, cantante consentida de México, poseedora de una voz hermosa que todavía no ha sido superada, según los que saben de esto, vino a Culiacán invitada por el gobernador Loaiza.

No recuerdo lo que se festejaba.

Ella cantó durante una fiesta a la que invitaba el gobierno de Sinaloa. El coronel Loaiza no tenía casa propia en Culiacán. Vivió siempre en el caserón que se encuentra frente al edificio que antes fue Palacio de Gobierno y que ahora aloja a la Procuraduría General de Justicia. En ese caserón se localiza a la fecha la Escuela Libre de Derecho.

Ahí fue la fiesta que Lucha Reyes alegró con su voz espléndida.

Loaiza era un hombre joven y muy dado a la pachanga. Bastaba que fuera onomástico del perico de casa para que se prendiera la fiesta. El coronel gustaba también de cantar y no había que pedírselo dos veces para que echara mano de la guitarra, aunque sobre la calidad de su voz, él era el primero en hacer bromas:

–No canto tan peor, aunque desde que soy gobernador he mejorado bastante– era uno de sus comentarios.

Nacido en San Ignacio en 1893, el coronel llegó a la gubernatura de Sinaloa en 1940. Estaba en la plenitud de su vida y de su carrera política. Aunque no era amigo del Presidente de México, general Manuel Ávila Camacho, contaba con el apoyo del ex presidente Lázaro Cárdenas y fue debido a la influencia del “Tata” michoacano que alcanzó el poder.

(Aquí me siento obligado a una rectificación histórica: la gubernatura de Baja California que el PRI perdió con Margarita Ortega ante el panista Ernesto Ruffo Appel, indebidamente es considerada como la primera que logra la oposición. La primera fue la gubernatura de Sinaloa. El candidato oficial del Partido de la Revolución Mexicana –padre del PRI– fue el Ing. Guillermo Liera Berrelleza. Su padrino era precisamente Ávila Camacho. Por su parte, Loaiza se lanzó apoyado por un partido local y por don Lázaro Cárdenas. Y hubo un candidato más: el general Ramón F. Iturbe, postulado por el Partido Demócrata).

Yo ya trabajaba como reportero en “El Regional” de don Luis G. Rico y en esa campaña tuve mi primer contacto con los actos de magia en materia electoral. Todos los informes que nos llegaban, indicaban que el general Iturbe se había puesto a la cabeza en la votación, con Liera y Loaiza –en ese orden– cada vez más lejos. Por esas elecciones corrió la sangre en Sinaloa. Pasaron de treinta los muertos; sin embargo, todo se calmó y después de mil y un escándalos, se dio a conocer, por la Secretaría de Gobernación, que el coronel Rodolfo T (Tostado) Loaiza, era el candidato vencedor. En esa forma, sopa de su propio chocolate, en Sinaloa perdió su primera gubernatura el partido en el poder.

Me permito exponer aquí un juicio personal: porque el asesinato de Loaiza y los hechos posteriores influyeron decisivamente en mi vida periodística, he hurgado hasta la raíz todo lo relacionado con el gobierno del coronel y me permito asegurar que su administración ha sido una de las más positivas en la historia de Sinaloa. Dejó el Hospital Civil de Culiacán, el Hospital del Niño, amplió el Malecón del puente Hidalgo al puente Negro, reconstruyó el boulevard Madero, llevó el agua y la luz a varios municipios, pavimentó las calles del centro de Culiacán y –lo más trascendente– inició la construcción de caminos en el valle de Culiacán. Sólo por esto, Loaiza es recordado aún con respeto.

Por el afecto de que disfrutaba, sus frecuentes fiestas eran compartidas por la gente del poder económico de aquel tiempo. Loaiza no supo lo que era el desdén de ciertos sectores. ¿Entonces, por qué fue asesinado? Dejemos en paz a la historia: crimen político. No más.

Aunque el jefe de redacción de “El Regional” era Fernando B. Híjar y yo un reportero que apenas daba sus primeros pasos, una de mis responsabilidades era la de “cerrar” la edición. Es decir: tenía que esperar hasta media noche por si surgía alguna noticia de última hora.

Para hacer tiempo, me salía de la redacción y me iba a rondar por Culiacán, entonces un “rancho grandote” de no más de treinta mil familias. Aquella noche de la gran fiesta, la presencia de Lucha Reyes fue un regalo para mi noctambulismo. Ahí estaba el mundo social de la capital sinaloense. Los pocos hombres de mucho dinero y sus señoras esposas, de cuya asombrosa belleza poco puedo decir que no se haya dicho. En Culiacán la excepción son las mujeres feas.

Al amanecer, aquella fiesta comenzó a declinar. Los invitados se retiraban en pequeños grupos, como es costumbre en Sinaloa. A mi vez, yo “cerré” el periódico de ese día y me fui a cenar –tal vez fue desayuno– a un restaurante que estaba casi en la esquina de la avenida Rubí y la calle Ángel Flores, exactamente por donde vemos ahora la zapatería “Canadá” y un mercado de flores. Su propietario era Rafael Rodríguez Rábago, veracruzano de origen que se quedó aquí para siempre.

Ahí me encontraba cuando llegó el gobernador Loaiza.

Llevaba del brazo a Lucha Reyes y no se requería ser un experto para darse cuenta de que la extraordinaria cantante iba excedida de copas. Con ellos, muy alegres también, el tesorero Alfredo Gil Michel y el director de Educación, profesor Rodolfo Cosme Lugo, más otros dos o tres funcionarios, los infalibles ayudantes y unos guitarreros.

Iban y venían botellas y el grupo no parecía darse por satisfecho. Inesperadamente y entre el aplauso de los acompañantes, el gobernador del Estado y Lucha Reyes unieron sus voces y ofrecieron a los mirones “El Quelite”, canción sinaloense que escucharíamos varias veces en ese amanecer porque era una canción que le “llegaba” a Loaiza.

“Qué bonito es El Quelite, bien haya quien lo sembró; que por sus orillas tiene, de quien acordarme yo”.

Después, en un arrebato alcohólico, Lucha Reyes se trepó a una de las mesas y cantó hasta que ya no pudo tenerse en pie. Así disfruté de uno de los conciertos de música vernácula que más me hayan impresionado. Esto lo mantengo vivo en el recuerdo no únicamente por aquella voz tan bella, sino por las circunstancias que año después rodearon la muerte de la notable cantante. Ya para entonces, Loaiza había muerto asesinado en Mazatlán, yo había salido de estampida de Sinaloa y, aunque no de manera muy holgada, me ganaba la vida haciéndola de periodista en l capital de la República.

Hay dramatismo en la vida de esa muchacha que cantó aquella madrugada, encaramada en la mesa de un restaurante de Culiacán.

Su voz era de soprano. Había estudiado en el Conservatorio Nacional de México y pronto llamó la atención de los grandes maestros, quienes la persuadieron de que puliera su voz en Europa. Y Lucha Reyes se fue al viejo continente. Cantó en Italia y en Alemania y su porvenir no parecía tener límites; sin embargo, un día se quedó sin voz. No podía ni hablar. Cuando regresó a México, se comunicaba mediante papelitos que escribía a lápiz.

Y empezó a beber.

No encontraba el camino de su recuperación. Los diagnósticos resultaban imprecisos. Desesperada, el tequila fue su refugio. Un día equis, su voz regresó, tan sorpresivamente como se había ido, sólo que ahora el tono era más grave. Lucha Reyes se dedicó entonces a la canción ranchera y materialmente enloqueció a México. Se volvió la estrella mimada de todos. Viajó por todo el país en triunfo, sólo que cada día bebía más.

Lucha contrajo matrimonio con el empresario artístico Félix Cervantes –el mismo que años después construiría el Teatro Margo–; pero el divorcio se produjo pronto.

–Toma mucho–, fue la explicación lacónica del marido.

Una tarde en que se encontraba fuera de este mundo por el tequila, Lucha mandó a una niña a que le comprara un frasco de nembutales en una farmacia.

–Quiero dormir– fueron sus últimas palabras. Se bebió todos los nembutales y se acostó a esperar el final, dormida.

Ya no despertó. Realmente, ya no tenía caso.